lunes, 26 de enero de 2009

Silencio

25 de enero de 2009


El 4 de octubre de 2008, el periodista Armando Rodríguez narró la historia de un capitán valiente, Jorge Liborio Jarillo, que un 25 de septiembre enfrentó a varios ladrones y mató a uno de ellos.

Ex militar, entonces tendero, el hombre de 45 años sacó una pistola y se defendió. Pero cometió “el error” de llamar a la policía, hacer su declaración, atender al Ministerio Público. Ahora está muerto, como el mismo Armando, reportero de El Diario de Ciudad Juárez. A Jorge Liborio lo alcanzó el crimen organizado afuera de su tienda; a Armando, frente a su casa. Ambos crímenes, que no están relacionados entre sí más allá de las casualidades, siguen sin castigo.

En pleno proceso de normalización democrática, es por lo menos notorio cómo en los últimos pocos años los mexicanos perdimos gradualmente un derecho fundamental: el de expresión. Los periodistas pueden hoy denunciar o exponer información que confronte (siempre con datos en la mano) a cualquier nivel de autoridad en el país. Nadie lo discute porque sería negar el esfuerzo de la sociedad civil, que en el 2000 condujo al cambio de gobierno. Sin embargo, los temas que más importan en este momento no se hablan más con libertad y sin riesgo, ni en los medios ni en la calle.

Por la incapacidad del gobierno para garantizar el imperio de la ley, muchos nos hemos vuelto mudos. La realidad nos estalla en los ojos y aun así procuramos el silencio. Y con razón. Lea:

El 2 de septiembre pasado, a Juan Salvador Valencia Gómez, de 39 años, se le ocurrió quejarse de un grupo que lo extorsionaba. Sucedió en Minatitlán, Veracruz. Los sicarios lo acribillaron frente a pobladores y policías —dice la nota de EL UNIVERSAL— que resguardaban la oficina del Registro Civil. Juan Salvador abrió la boca: líder de vendedores ambulantes, también expendedor de discos pirata, pidió protección a la autoridad. Ahora está muerto.

El día posterior, Alejandro Bacelis —otro ambulante— fue levantado y ejecutado en Xalapa por las mismas causas. Acudió a solicitar protección para él y para sus agremiados. Junto a su cuerpo, los sicarios dejaron un mensaje que ya es común: “Esto es para el gobierno, no que según me hiban (sic) a cuidar, esto es un ejemplo para todos los que no respetan y hacen caso, atentamente Cartel del Golfo/Zetas, A la letra se le Respeta”.

Lo siguiente sucedió en Culiacán, según el testimonio de Pablo Ordaz, periodista de El País. Una mujer sentada en una silla giratoria le comentó a su peluquero: “Aquí ya no se puede vivir, ni siquiera podemos dejar que nuestros hijos jueguen en la calle. Y todo por culpa del maldito narco...”. Una segunda señora que se arreglaba el cabello se puso de pie y ordenó al estilista, mientras sacaba de su bolsa una pistola: “Rápela”. Sólo cuando se cercioró de que el peluquero ya cumplía la orden, la desconocida se levantó y se dirigió a la puerta. Antes de marcharse —narra Ordaz—, encaró a la mujer:

—Y no se ponga peluca. Que si se la pone, la mato.

En Mazatlán, me cuentan amigos, no se debe sonar la bocina del auto porque está prohibido “apurar”; el de enfrente sacará una pistola y te “silenciará”. A mi amigo Oscar Maravilla lo levantaron porque “se atrevió a protestar” cuando a un narco le gustó su novia. Gran parte de la prensa del norte del país dejó de investigar, porque el narco está metido a todo: piratería, trata de blancas, secuestro, ambulantaje, venta de protección... La llaga más insospechada será la de un “patrón”, y si Amado Carrillo o Miguel Ángel Félix Gallardo no atentaron contra ciertos símbolos de un Estado no fallido (funcionarios, policías, periodistas, líderes comunitarios o de organizaciones civiles), ahora éstos son blanco de cualquiera con pistola.

Ejemplos sobran y el espacio es un verdugo. Concluyo: la gente no denuncia secuestros ni extorsiones, como indican las estadísticas. Cierra la boca si entierran uno o 10 cadáveres en el jardín de enfrente. No levanta el teléfono y mucho menos la voz, porque el Estado ya no le garantiza ese derecho.

Pero si callamos, no es que estemos contentos. Diría Miguel de Unamuno: a veces el silencio es la peor mentira.

Subdirector editorial de EL UNIVERSAL